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UN EJÉRCITO DE GOLPISTAS Y TORTURADORES – Sixto Cámara –


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La edición digital de “El País” del domingo 17 de marzo muestra un vídeo en el que varios soldados españoles patean salvajemente a un prisionero iraquí en Diwaniya, la base del ejército español en Irak durante la invasión de ese país en 2003. En aquella guerra ilegal, en la que España se vio involucrada por la prepotencia y chulería de José María Aznar y cuya consecuencia fueron los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, se asesinó a decenas de miles de civiles y el ejército estadounidense practicó la tortura sistemática con los detenidos. El gobierno español quiso hacernos creer que las tropas españolas no habían participado en esas atrocidades, pero ahora lo que era una sospecha fundada se ha convertido en una infame realidad.

 

Las llamadas misiones humanitarias del ejército español no son más que un eufemismo que enmascarara la participación en guerras imperialistas desencadenadas por Estados Unidos. Ni en Irak, ni en Afganistán, ni en Malí, ni en Bosnia, ni en parte alguna la intervención militar española ha tenido como objetivo asistir a la población civil. Se ayuda a invadir países que jamás nos han agredido, con los que nunca hemos tenido un conflicto, y se colabora en las matanzas de civiles.

 

La noticia de “El País” quizás resulte sorprendente para muchos ciudadanos, pero no constituye ninguna sorpresa teniendo en cuenta lo que ha sido el ejército español. En toda la historia contemporánea de nuestro país, el ejército jamás ha ganado una guerra, excepto la que libró contra su propio pueblo entre 1936 y 1939. Y la victoria en la guerra civil fue conseguida gracias a la inmensa ayuda militar que Hitler y Mussolini prestaron a Franco.

 

La Guerra de la Independencia (1808-1814) la ganaron las guerrillas y el ejército británico; después vendría el desastre del 1898 contra Estados Unidos y más tarde las derrotas en la guerra de África: el Barranco del Lobo en 1909 y el desastre de Anual en 1921. Y solo con la colaboración del ejército francés, el protectorado marroquí pudo ser controlado en 1927. Un triste y vergonzoso balance para un ejército que absorbía una buena parte del presupuesto nacional. La cadena de desastres militares se explica porque el ejército español fue diseñado como un ejército gendarme, especialmente a partir de 1875. Es decir, su misión no era defender el país en caso de una agresión extranjera, sino defender la monarquía y el orden económico. Para los oficiales españoles, el enemigo era el propio pueblo, al que había que reprimir sin piedad si se atrevía a cuestionar el sistema económico, político y social. Y a esto se dedicaban. Cuando había fuertes protestas sociales, el gobierno declaraba el estado de guerra y sacaba las tropas a la calle. Así ocurrió en innumerables ocasiones: en 1909, durante la denominada “Semana Trágica” de Barcelona y en la huelga general de 1917. A esos oficiales medio analfabetos, asiduos a la bebida y frecuentadores de burdeles, se les daba muy bien asesinar en masa a obreros y campesinos, pero cuando había que combatir en batallas reales, lo mejor era salir corriendo.

 

En las guerras coloniales de Cuba y África el ejército español se destacó por las atrocidades cometidas contra la población civil. No estará de más recordar la actuación del general Weyler en Cuba, encerrando a los campesinos en campos de concentración para aislarlos de la guerrilla, o el empleo de productos químicos contra las aldeas marroquíes en la larga guerra de África (1906-1927). Los crímenes cometidos por la Legión y los mercenarios marroquíes durante la revolución de Octubre de 1934 todavía se recuerdan en Asturias. La tortura y la violación fueron prácticas habituales una vez que las cuencas mineras fueron ocupadas por estas tropas. Después vendría el genocidio republicano durante la Guerra Civil.

Franco, Mola, Queipo de Llano, Yagüe, Varela, y tantos otros, fueron los criminales que practicaron una guerra de exterminio contra los defensores de la legalidad republicana.

 

El ejército ha sido una desgracia para el pueblo español. Un ejército golpista, técnicamente obsoleto, que ha sentido un profundo desprecio por las clases populares y que tras la palabra patria lo que escondía eran privilegios de casta. Es cierto que hubo siempre, ahora también, militares cultos, preparados, amantes de su profesión y obedientes al poder civil. Militares como Vicente Rojo o Miaja, que permanecieron fieles a la República y se enfrentaron a los militares golpistas, pero estuvieron siempre en minoría.

 

La indignación de los ciudadanos se dirige contra los políticos, se les recriminan sus elevados salarios y sus privilegios, pero se olvida a menudo el coste que supone para el Estado el mantenimiento de la Iglesia y las Fuerzas Armadas. El gobierno de Rajoy recorta en sanidad y educación, se acusa a los funcionarios de trabajar poco y ser ineficaces, pero se oculta celosamente que las misiones militares españolas en el extranjero costaron 766,8 millones de euros en el año 2012. Solo la intervención en Afganistán nos cuesta a todos los ciudadanos más de 1 millón de euros al día. Y tampoco se difunde que la viuda de un militar muerto en una de esas misiones cobra una elevadísima pensión, mientras que las mujeres de mineros fallecidos en accidentes laborales reciben una pensión de miseria.

 

Debemos exigir en la calle la retirada de todas las tropas españolas en el extranjero y una drástica reducción de los gastos militares. No necesitamos un ejército de golpistas y torturadores.

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